P O T R I L L O
En muchas ocasiones resistí al impulso y tuve que impedirme el gesto de abrir las puertas, de dejar que esa energía animal ganara el espacio, el aire, la vida...
Cada vez que decidí bajarme del auto para pasar un rato observando a estos imponentes caballos, sentía una opresión sorda, profunda, que me entristecía.
Esta última visita fue diferente. No quería compadecerme. Había decidido entrar sólo a acariciarlos y establecer con ellos esa complicidad tan pura que lograba a menudo. Que una tierna mirada pudiera calmar esa angustia incrustada del encierro. El picadero estaba casi vacío. Sentí un inmenso placer al constatar que podría gozar libremente de este nuevo encuentro sin ser interrumpida.
Fui pasando lentamente por cada box. Mi mano disfrutaba rozando cada cuello, tocando cada oreja. Atentos y desconfiados, algunos relinchaban, como queriendo transmitir también su alegría. Con varios establecí casi un diálogo, silencioso pero revelador. Empezaba a adivinar cada una de esas lánguidas miradas.
Observaba la sensación empotrada en cada uno de los gestos, movimientos saturados de reclusión, de la violencia de la angostura de esos boxes...injustos receptáculos para tan digno animal.
Mientras caminaba me acordé de él...sentí la punzada del dolor recorrer mis entrañas. Imaginando sus miles de pasos de una pared a otra, alargando la mirada para salir de esa celda que lo separaba de la vida.
Siempre quise preguntarle qué se siente cuando uno estira la mano y solo toca cemento o el frío de una reja...Por pudor callé; intuyendo que le traería duros recuerdos de un pasado que quizás deseaba olvidar...enterrándolos en un espacio impenetrable de su memoria.
A veces, cuando lo veía dormir pensaba en la injusticia de cada una de las marcas indelebles en su alma, en su cuerpo, en cada poro de su piel...y me irrumpían unas furiosas ansias de besarlo, de acariciar sus dolores, rescatar de esos momentos nada mas que lo bello, lo noble, lo infinitamente puro.
Quisiera poder sacarle con ternuras cada una de las pesadillas de ese tiempo negro que lo llevó lejos, que le quitó la libertad de ser, de vivir, de amar.
No sé por qué, mientras avanzaba hacia el ala izquierda, sentí un sudor frío en la espalda; percibía ese encierro, el de Juan y el de los caballos como una amenaza...algo que tenía que ver conmigo. Intenté distraerme con la pasada vertiginosa de decenas de pájaros sobre mi cabeza. Sentía el aire de sus aleteos acariciarme la cara.
Con cierto estremecimiento seguí caminando, con un silbido penetrando mi nuca...vientos patagónicos que anunciaban lluvias y el frío del sur...
De pronto, intuí que un potrillo, aislado unos metros mas allá del resto, me miraba de soslayo. Como si pretendiera ignorarme o como si yo le molestara. Demoré un poco en avanzar, y al acercarme, muy despacio para no asustarlo, comenzó a relinchar con una furia indescriptible.
Mi cuerpo quedó paralizado, mis pies no me obedecían. Quería hablarle , calmar su ansiedad o mi propio miedo, pero era incapaz de emitir un solo sonido.
Los dos compartimos segundos interminables, una respiración entrecortada, pestañeos imperceptibles…
Exhalaba sobre mis hombros su aliento caliente, levantando su cabeza con brío, haciendo girar su erguido cuello como si me revelara su bravura. Quise acercarme mas para tocarlo...al menos que sintiera el olor de mi mano...Un ruido sordo y brutal me sacudió dejándome unos segundos aterrada, sin reacción. Su casco derecho había golpeado violentamente la puerta de metal como escarmiento por haber osado aproximarme.
Luego de ariscos movimientos, exhausto, fue serenándose, calmando su respiración a medida que bajaba lentamente su largo cogote; daba la sensación que había intuido mi obstinación, mi necesidad que comprendiera.
Nos animamos lentamente a mirarnos, pude ponerme frente a él. Mis gestos, cuidadosos, alertas. Sentía la sensación que estaba midiendo cada uno de mis pasos, adivinando incluso mis pensamientos. Pudo percibir mi tensión y vió mis lágrimas. Supe en ese instante que los dos vivíamos una idéntica emoción.
Comenzó entonces un largo y sublime momento, intemporal. Logré comprender que lo que más deseaba era escapar...galopar desenfrenadamente. Alcanzar el horizonte saltando toda barrera que estorbara mi nueva libertad.
De lejos, sentía aún el relincho de los que quedaron encerrados y los gritos desesperados de esa mujer que intentó frenar mi galope…
Ya no escucho nada. Sólo mi respiración enloquecida, oprimiéndome el pecho, y la intensa alegría de recuperar los olores, el aire, la vida….
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